Aprender a forjar el propio caracter

Estudio Cubillas

Hoy quiero abordar un tema que me parece fundamental. Quiero alentar, motivar y difundir que tenemos la posibilidad de modificarnos a nosotros mismos a partir de un profundo “trabajo sobre sí”. Con este fin, quiero desterrar tres creencias erróneas que a veces nos hacen perder de vista esta preciosa posibilidad de ser obreros laboriosos de nuestra renovación personal.

primera creencia instalada, que también ha sido reforzada por la psicología tradicional podría enunciarse: “Lo que vivimos en la infancia nos marca como fuego que nunca deja de arder”. Soy una defensora de la afirmación: “la infancia no es destino”. Sólo que agregaría una salvedad: en quienes se asumen como protagonistas y abandonan el lugar de víctima. Podemos sin lugar a dudas, haber sido víctimas de la ignorancia de muchos, pero como adultos podemos tomar entre los brazos a ese niño o esa niña dolida y ofrecerle aquello de lo que quedó carente. Es posible sanar las heridas a partir del propio trato. Podemos convertirnos en los cuidadores que no tuvimos y ser compasivos con nuestras partes infantiles más sensibles. Las heridas seguirán estando allí, pero como una cicatriz que recuerda la historia vivida, no necesariamente seguirá ardiendo como fuego que nos quema desde adentro.

La segunda creencia se fundamenta en la afirmación tan penosa como perezosa que sostienen como mástil las personas que proclaman “Yo soy así”. Esta estrechez de criterio a cualquier edad, niega toda posibilidad de ampliar la propia identidad para incorporar nuevos atributos, nuevas cualidades, re-actualizar creencias, suavizar un rasgo o moderar lo exagerado. Nadie, aunque quiera “es” de una misma manera durante toda su existencia. Puede una persona evolucionar o involucionar pero nunca puede quedarse en el mismo lugar. La personalidad es un proceso en permanente movimiento, somos seres dinámicos no objetos estáticos. Lo que sí podemos elegir es la dirección hacia dónde queremos ir: desplegarnos o apocarnos.
La tercera aseveración errónea podría ser formulada como “Los otros sí, pero yo no”. En este caso, a diferencia de la rigidez anterior, hay intención de modificación, pero frustración e impotencia ante la evidencia de que el cambio no llega. Estas personas antes de proponerse superarse han salteado el paso fundamental de “aceptarse” tal como son, de tener tolerancia con sus propios procesos de progreso. Cuando uno se “da cuenta” de aquello que desea modificar, al mismo tiempo debe “darse tiempo” para que de las nuevas semillas que fueron sembradas asomen como incipientes brotes. Hay cambios que aún no son visibles, pero “están” porque la conciencia ha sido removida, tal como la tierra antes de sembrar. Puede que la vida nos ponga ante una situación en dónde hacemos ahora, lo que antes no y advertimos que lo no visible de pronto se vuelve manifiesto a través de una nueva acción, un nuevo comportamiento o un nuevo modo de contestación. Todo proceso de transformación requiere tiempo para su consolidación. La paciencia es una virtud a desarrollar que debe acompañar a quienes desean modificar aspectos muy instalados de su personalidad.
Carácter y Temperamento ¿Qué está a nuestro alcance modificar?
El carácter y el temperamento son dos aspectos diferentes de nuestra personalidad.
El Temperamento abarca nuestras tendencias innatas y más fuertemente instaladas. Equiparable a lo que serían nuestros genes en el cuerpo, el temperamento es la materia prima con la que nacemos. Así podemos hablar de personas de tendencia melancólica, manifiestamente coléricas, intensamente sanguíneas, etc.
El carácter en cambio, es modulado por el ambiente en el que somos educados. Incluye nuestras creencias, nuestros mandatos y todo el bagaje cultural que absorbemos desde pequeños. Puesto que es aprendido, puedo ser desaprendido y reactualizado a partir de un esmerado trabajo personal.
Si el temperamento es la materia prima, el carácter es el molde que le da forma y que se cuece en el horno de la vida.
La palabra carácter es de origen griego y significa “grabar”. Así nuestras vivencias y experiencias van “imprimiendo” y dando forma a nuestra personalidad. Ahora bien, ¿somos meros receptores pasivos de los caracteres que nos imprimen tal como vacas grabadas con una estaca? De la respuesta que nos demos, depende nuestra evolución o no.
Siendo niños, no tenemos demasiado margen de elección. Pero al crecer podemos ejercer el oficio de ser impresores de nosotros mismos. Si deseamos imprimir un rasgo debemos adquirir el hábito de practicarlo para volvernos diestros en su manejo hasta lograr encarnarlo. Con el tiempo lo que resultaba ajeno toma cuerpo y se transforma en un recurso personal con el que ahora podemos contar. Hemos impreso “un carácter” más en nuestro libreto personal.
La filosofía del taoísmo nos acerca una expresión que realmente aprecio: “carácter autoforjado”. Esto es: tomar nuestra materia prima y activar los “genes” que no fueron despertados. Podemos necesitar genes de osadía, de iniciativa, de coraje o decisión en algún momento de nuestra vida. O por el contrario precisar suavizar ciertos genes que gozan de hiperactividad como la impulsividad, la agresividad, la desidia o la apatía.
El gimnasio es la escuela de la vida, seremos fuerte en lo que decidamos entrenarnos. Ante cada situación que se nos presenta, ante cada desafío o interacción podemos elegir reforzar o no determinados rasgos que dan forma al guion que imprimimos día tras día.
“Romper el molde” en el que fuimos condicionados es ampliarnos para incluir aquello que no nos fue dado, pero puede ser trabajado. La identidad se amplia, cada vez que estiramos nuestra conciencia para preguntarnos no tanto ¿Quiénes somos? Sino ¿Quiénes queremos ser? Forjar el propio carácter es animarnos a no darnos por sentado. Conocernos lo suficiente primero para luego contar con la posibilidad de re-editarnos tantas veces como sea necesario, para convertirnos en el mejor ejemplar que podemos llegar a ser.
“Vigila tus pensamientos, porque se convertirán en palabras. Vigila tus palabras, porque se convertirán en actos. Vigila tus actos, porque se convertirán en hábitos. Vigila tus hábitos, porque se convertirán en carácter. Vigila tu carácter, porque se convertirá en tu destino”. Mahatma Gandhi.
Psicóloga Corina Valdano.

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