¿Qué hacer cuando estamos confundidos?

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Hay momentos en la vida en los cuales nos sentimos muy confundidos. Estamos aturdidos por voces internas que se debaten entre sí, o asustados porque al momento de preguntarnos, en lugar de miles de voces vociferando, nos invade el frío congelante del silencio sin ningún tipo de respuestas, ni siquiera una mínima idea que aporte una vela ante tanta oscuridad incierta.

Como una especie de densa neblina blanca, la confusión puede irradiarse a un área particular de nuestra vida: el desasosiego en la pareja, la indecisión en la profesión, la vacilación en el trabajo, la decisión de emprender algo nuevo o no, el lugar de residencia o cierta inquietud en lo social.

Otras veces la confusión, como una especie de tsunami viene a arrasar lo que había y solo quedan ruinas de lo que decíamos que queríamos. Es aquí cuando nos invade la desesperación, la impotencia y la sensación de vacío, porque ya nos estamos llenos de las respuestas que nos dábamos con tanta contundencia: “quiero formar mi familia”, “amo a este persona”, “mi trabajo me realiza”, “quiero un trabajo para toda la vida”, “me quiero recibir”, “quiero estar aquí por el resto de mi vida”.

La confusión pareciera ser una emoción de nuestra época, relativamente nueva. Al menos la confusión a la que aquí me estoy refiriendo… A este desconcierto individual postmoderno yo lo llamaría “no sé qué quiero”. Y lejos de ser una mala noticia, esto significa que estamos pudiendo decidir la manera de transitar nuestra existencia, que reconocemos y los demás también reconocen que nuestra vida es nuestra.

En el pasado, nuestros padres, abuelos y bisabuelos tenían la vida decretada desde la panza. No se confundían porque no se les preguntaba y si alguien adelantado para su época osaba preguntarse corría el riesgo de pasarla muy mal, desde el destierro familiar hasta la hoguera era el castigo por escucharse a sí mismo. Nacía y encontraba la vida prácticamente resuelta: seguiría el oficio de su padre, estudiaría medicina para seguir el legado, se casaría con esa mujer elegida por su bien. El libro ya estaba escrito, y el protagonista no tenía más que leer el libreto y seguirlo al pie de la letra.

La conquista de la libertad individual, tiene una letra chica que no podemos obviar la responsabilidad de elegir cómo queremos vivir. Y encima ahora hay tantas maneras de vivir que podemos llegar a ahogarnos en el mar de las infinitas posibilidades. Cuando estamos confundidos los demás inocentemente suelen decirnos la frase que menos quisiéramos escuchar “hace lo que quieras”… ante lo que quisiéramos desesperadamente gritar “no sé lo que quiero”, y ¡ese es el verdadero problema!

Cuando no sabemos lo que queremos, la confusión nos embriaga la mente y el corazón. En ese estado de inconsciencia solemos tratarnos muy mal ¿cómo puede ser que no sepa? Reprocharnos nuestro desconcierto es olvidarnos de lo difícil que es ser un ser humano y de lo complejo que es vivir en un mundo que por definición es incierto y fortuito.

Preguntarnos ¿Yo qué quiero? Es abrir la caja de las infinitas respuestas, solo los ejemplares humanos más osados y sanos se animan cada tanto a mirarse al espejo y preguntarse ¿Y…yo qué quiero?

No debemos olvidarnos de que la vida en nosotros está viva, esto significa que está en continuo despliegue y movimiento. No somos por tanto incoherentes, si nos hemos casado y después de algunos años queremos divorciarnos, si empezamos a trabajar con entusiasmo en lo mismo que hoy detestamos, si en el presente queremos algo muy distinto de lo que queríamos en el pasado. ¡Es que no somos siempre los mismos, pensamos y sentimos distinto a medida que vivimos! Sin lugar a dudas, quienes nunca se han sentido confundidos son los peores que están, porque esto significa que han seguido una línea pautada sin hacerse ningún tipo de cuestionamientos. También es cierto que las personas que nunca dudaron, han hecho un terrible daño. Hitler, por ejemplo, no dudo un segundo de estar equivocado. Estar convencidos no siempre es estar en lo cierto, del mismo modo que tenerla clara puede estar lejos de ser una persona iluminada.

Abrazar la confusión en nosotros es aceptar con humildad nuestra vida humana. Y honrarla, es transitar el caos interno con la frente bien alta, aunque el miedo gobierne y el deseo primitivo sea escaparnos de nosotros mismos.

Sócrates decía… “una vida no examinada no merece ser vivida”. Por eso, comenzar a ponerle signo de interrogación a ciertas afirmaciones es una verdadera conquista ante la soberbia de la certeza que tanto nos encasilla.

¿Quiero lo mismo en esta época de mi vida que lo que elegí diez años atrás? Ahora que cumplí con lo esperado, ¿qué quiero yo? ¿Tengo algún hobby además de mi profesión? ¿Me gusta mi trabajo? ¿Soy feliz con la vida que llevo? ¿Qué que antes no ahora sí? ¿Qué que antes sí, ahora no?

Estas preguntas pueden ser el germen de una vida parida desde la más honda autenticidad. Nacimos siendo originales y morimos siendo copias, decía el maestro Carl Gustav Jung. Quien se anima a la autenticidad, se anima a ser impopular, a correr el riesgo de no agradar a los demás, incluso a no agradarse a sí mismo cuando está lleno de dudas. Pero nada se compara con la satisfacción de dar los propios pasos aun a riesgo de caerse de tanto en tanto… Cada vez que nos levantamos después de sentirnos caer, le vamos perdiendo el miedo a vivir porque nos animamos a sentirnos vivos y eso nos revitaliza y nos llena de poder.

Cómo acompañar la confusión hasta aclarar

La confusión tiene que ser aceptada en el cuerpo, en la mente y el alma. Esto supone tratarnos con amorosidad y no pretender tener en claro todo el horizonte por delante, con definir el próximo paso es más que suficiente en medio del caos.

Tenemos que tener cuidado de quedarnos detenidos y paralizados en la incertidumbre. Lejos de aclarar, la absoluta pasividad, nos paraliza. Tal como cuando vamos conduciendo en un auto y hay espesa neblina, lo aconsejable es ir despacio y centrando la mirada en despejar el próximo metro pero nunca detener la marcha porque “nos pueden llevar puesto”.

En momentos de confusión, un factor importante (cuando lo hay) es el tiempo. El tiempo ayuda a serenar las emociones y ver los acontecimientos con más claridad. No debemos nunca tomar decisiones importantes como si fueran urgentes. Lo importante requiere tiempo, paciencia, planificación y plena consciencia.

Un error en el que solemos caer es identificarnos con ese estado de confusión. Es ahí cuando en lugar de estar confundidos nos creemos ser nuestra confusión. En este estado de absoluta absorción el árbol nos impide ver el bosque. Lo aconsejable entonces, es dar un paso atrás y “observar” la confusión como si fuésemos espectadores de lo que acontece en nuestra mente. ¿Quién observa? Una parte nuestra más serena en la que podemos hacer pie, el ojo del huracán, la calma en la tormenta. Esta instancia se entrena en un trabajo personal profundo que nos prepara para transitar momentos de turbulencia.

Otra equivocación al momento de transitar la confusión es seguir a ciegas el corazón. Hacer lo que sentimos no siempre es la mejor opción, porque lo que sentimos puede ser exagerado y estar siendo aconsejado por el temor y la ansiedad en su máximo esplendor. Un buen criterio es aprender la justa medida “pensar lo que sentimos y sentir lo que pensamos”. Nada en extremos, buscando un equilibrio móvil que nos permita ir poniendo algo de luz en lo que sentimos como tanta oscuridad.

Así navegando entre aguas agitadas y más calmas vamos braseando hasta la otra orilla. Una vez allí podemos apreciar nuestro recorrido, reconocer desde donde partimos y a dónde llegamos es un acto que nos llena de heroísmo. Después de la noche oscura del alma, el sol que late dentro nuestro parece iluminar más. El Génesis dice: “En el principio todo era el caos…” Así como el Universo inmenso que nos rodea nació de las tinieblas, nuestros universo interno se va reconstruyendo y complejizando a través de oscilaciones, sobresaltos, pequeños y grandes movimientos que van dando forma a una personalidad cada vez real y autentica, en correspondencia con nuestra más verdadera esencia. Cuando la personalidad aprendida se alinea a la esencia originaria, la confusión se aclara, como lo hace la neblina cuando sale el sol.

Nos escapes de la confusión, no rehúyas a las preguntas que anidan en tu interior. Animarte a transitar esa incertidumbre es una gran oportunidad de crecimiento. Cuando el caos es demasiado, dejarse acompañar es un acto de inteligencia. Un faro ayuda a ver todo más claro. Pero además del faro, necesitamos dar los propios pasos, a ritmo lento pero andando el único camino que nos lleva a la felicidad: animarnos a ser nosotros mismos a cada momento en lo que estamos siendo.

¿Qué hacer cuando estamos confundidos?

Por: Psicóloga Corina Valdano

Redacción: Corina Valdano

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