Ser arquitecto de la propia vida

Todos traemos a esta vida dones para expresar lo mejor de sí y compartir con los demás. Un don es una posibilidad que puede expresarse o no. Eso dependerá de la conciencia de su poseedor. Un don es un regalo que puede quedar empaquetado con moño y todo si quien lo recibe nunca se percata de su existencia.

Reconocer el potencial que yace en nuestro interior, no es fruto del azar o de la casualidad sino de un trabajo arduo de autoconocimiento en el que vamos sacando capas y más capas de nuestro ego, despojándonos de los automatismos aprendidos que han dado origen a una personalidad que, de tan densa, no deja traspasar la luz de nuestra verdadera esencia. En este núcleo esencial es donde anidan esos regalos que nos fueron donados y están a la espera de una conciencia despierta que los desenvuelva.

La personalidad no es algo malo que tengamos que eliminar, más bien se trata de alivianar sus capas para que la luminosidad de nuestra esencia única pueda filtrarse y expresarse a través de ella. El error lo cometemos cuando creemos ser nuestra personalidad, cuando nos convencemos de las etiquetas autoimpuestas o que nos pusieron los demás por experiencias pasadas que ya hace tiempo quedaron desactualizadas.

Cuando respondemos desde los automatismos aprendidos de nuestra personalidad nos distanciamos de nuestra esencia y perdemos contacto con nuestra verdadera naturaleza, donde se encuentra la fuente de la más propia sabiduría y autenticidad. Es por eso que cuando queremos saber lo queremos tenemos que mirar hacia dentro en lugar de buscar las respuestas fuera.

Los dones y talentos que tenemos se ex/presan, cuando dejan de estar bajo los barrotes de una personalidad endurecida por sus miedos y rigidizada por sus creencias fijas y limitadas.

La esencia, no renuncia. Nos susurra al oído… “por qué no arrancas con esto”, “por qué no te animas con aquello”, “y qué tal si…”. Sin embargo, la personalidad con sus defensas y miedos arremete y nos tira para atrás… “eso no va a funcionar”, “ya ves cómo le fue a tu papá”, “mejor quédate cómo estás y acostúmbrate a lo que hay…”. Si esa voz interior es desestimada cada vez que aparece, con el tiempo deja de manifestarse y se disfraza de insatisfacción, de sentimiento de enajenación, de síntomas corporales, de malestar general, en su intento de anunciar que algo está allí dentro y aguarda ser rescatada.

La mala noticia es que podemos aprender a sobrevivir con ese sinsabor y resignamos a tener una vida a medias. La buena es que ese malestar interior puede ser lo suficientemente intenso como para que lo soportable se convierta en intolerable y nos decidamos a escuchar que algo late dentro nuestro. Así, cuando el dolor es más fuerte que el miedo al fracaso, cuando el padecimiento pesa mucho más que la pereza de movernos de donde estamos, una parte nuestra que está harta, se toma de la mano de otra parte llamada coraje y juntas se animan a hacerse cargo de lo que está pasando…o de lo que no está pasando y por eso semejante tensión e incoherencia interior. Cuando el edificio construido se cae, uno puede recién ahí empezar a edificar y lo que parece en un comienzo una catástrofe, con el tiempo resulta ser la salvación.

Necesitamos desmoronar la muralla de creencias condicionantes, los “quiero” que son más ajenos que nuestros, las afirmaciones esclavizantes de los “no puedo” para construir un edificio erigido con los propios ladrillos. A veces el vértigo es tan grande, que uno puede ir haciendo una construcción paralela sin derribar lo que está pero sí cuestionando lo decretado para que acontezca el bendito movimiento interno que corre el eje de nuestra existencia de lo pre-establecido a lo auto-determinado.

Cuando la morada propia está en condiciones de ser habitada, uno cruza el puente y ya no quiere nunca más volver a ese edificio en apariencia tan cómodo pero tan impropio y lejano. Es como vivir encerrados en una mansión de alquiler, o en un departamento propio, menos lujoso pero en el que uno tiene la libertad de hacer y deshacer a su medida. La primera opción es la personalidad que edificamos condicionados por el afuera y los mandatos. La segunda, es la que tras animarnos a cuestionar lo dado y a vivir desde nuestra real identidad, es construida con el propio material. Y en esta opción quien dirige la obra es nuestra esencia, no una autoridad de referencia externa…La voz de papá sigue estando, pero no es más que una opinión. La voz de mamá sigue conjeturando, pero lo hace solo desde su experiencia. La voz de la sociedad sigue marcando el paso, pero es uno quien decide bailar su baile y a su ritmo.

Todo alrededor sigue siendo igual, pero nosotros ya no somos los mismos. Es nuestra percepción la que cambia y por lo tanto todo lo vemos distinto. Cuando actuamos a nuestro favor, dejamos de ver oponentes y gente en contra, dejamos de excusarnos en la falta de apoyo y aprobación y nos hacemos cargo con madurez emocional de cruzar el umbral de los miedos y comenzar a ejercer nuestros dones y talentos. ¿Cómo? ¿Frotando la lámpara de Aladino? Claro que no, eso es seguir en territorio infantil.

Cuando reconocemos nuestras virtudes esenciales innatas, el paso siguiente es fortalecerlas con entrenamiento, afianzarlas con conocimiento, alinearlas con prudencia y enmarcarlas en un proyecto futuro para que se consoliden con el paso del tiempo y que no queden solo en un mero asomo de un momento de desesperación y desconsuelo. Si no hacemos este trabajo más hondo y profundo de autoconocimiento y re-afirmación de lo nuevo, rápidamente lo viejo resurge de los escombros y reconstruye la muralla de nuestros miedos y limitaciones. ¿Por qué? Porque los hábitos, costumbres, creencias y mandatos externos regresan para quedarse allí donde hay un vacío o una laguna de desconcierto.

Las nuevas conquistas de comportamientos, la ganancia de actitudes libres y las modificaciones de conductas tienen que ser sostenidas en el tiempo y fortalecidas en la cotidianeidad como un musculo que se fortalece en la gimnasia diaria para que se asienten e integren en la personalidad. Todo ello es fruto de un trabajo comprometido y serio que supone además de desencanto con lo anterior que estaba dado, una firme decisión de transformación interior. En esta búsqueda de coherencia, ante cada nueva posibilidad que se nos presenta, uno mismo tiene que preguntarse: ¿estoy optando por una elección progresiva o una regresiva? Una elección progresiva es aquella que nos lleva hacia delante, que se corresponde con aquello que queremos lograr. En cambio, una elección regresiva es aquella que reafirma más de lo mismo que queremos cambiar. Las elecciones progresivas nos llevan en una especie de espiral ascendente a la expresión de nuestros dones y cada vuelta de espiral, logramos un mayor nivel de conciencia que va reafirmando que vamos en la senda correcta, la única, la propia. Las más difícil, pero a la larga la más satisfactoria.

¿Te animas a hacer arquitecto de tu vida? ¿Conoces tus dones y talentos? ¿Los expresas al mundo? ¿O, sigues un libreto que no es el tuyo?

Ser arquitecto de la propia vida

Designed by Freepik