Tu peor defecto puede ser tu mejor virtud

COACHING EN ARGENTINA

Nuestra personalidad es como un instrumento musical que tenemos que afinar. En ella no hay rasgos buenos o malos sino aspectos exagerados o por el contrario demasiados atenuados. Así, un mismo rasgo puede ser nuestra mejor virtud o el defecto que nos complica la existencia una y otra vez.

Una persona ordenada puede convertirse con el paso del tiempo en una persona estructurada y rígida con la que resulta muy difícil convivir…

Una persona relajada, puede volverse caótica si de tan floja pierde su forma…

Una persona que va al frente, puede ser alguien inconsciente que no mide riesgos y todo se lo lleva puesto…

Una persona sensible puede convertirse en alguien muy difícil de tratar, en un ser tremendamente vulnerable que obliga a los demás a andar en pantuflas porque todo le daña o le hiere en lo más profundo de sus entrañas…

Como seres humanos dinámicos podemos exagerar un rasgo hasta volverlo nuestro peor defecto. Y puede que donde uno vea una virtud, los demás vean un gran desperfecto. ¿Por qué? Porque desde la inconsciencia de no auto-observarnos no nos damos cuenta que nos vamos desalineando. Tal como un auto que cada tanto necesita alineación y balanceo. Del mismo modo, la personalidad necesita de esta puesta en línea. Pues, nuestro ego no es más que un vehículo para expresar nuestra verdadera esencia. Si este carro no es cuidado y no está en condiciones, si no le hacemos cada tanto las adecuadas revisiones, tiende a morder la banquina y a dar tumbos ocasionándonos lesiones a nosotros mismos y a quienes están en nuestro camino, que resultan ser casi siempre las personas que más nos importan y menos quisiéramos perjudicar.

Atenuar lo exagerado

Una personalidad es sana cuando está equilibrada e integrada. Cuando el orden se está pasando de la raya, desde la conciencia hay que ponerle un límite y combinar lo dogmático con flexibilidad y plasticidad. Tampoco es lo mismo ser apasionado que impulsivo, ser sociable que no saber estar con uno mismo, ser cuidadoso que ser desconfiado, ser conciliador que huir evasivamente de los conflictos.

El mismo rasgo en diferente rango cobra una expresión absolutamente distinta.

Ecualizarlos es ajustar dentro de determinados valores su frecuencia para que suenen como una melodía placentera al oído de cualquiera. Toda canción, por más bonita que sea, si está a todo volumen se convierte en un ruido ensordecedor.

Como tendencia natural, con el paso del tiempo se tienden a rigidizar aquellas conexiones neuronales que utilizamos más. Una persona que en la etapa adulta era estructurada, en la vejez se vuelve tremendamente terca y empecinada en que las cosas se hagan a su manera. Así como el cuerpo se va deteriorando, la personalidad se va oxidando si la dejemos a la intemperie sin ningún tipo de autocuidado.

La buena noticia es que, a diferencia del cuerpo que no podemos evitar que envejezca y pierda su vitalidad, la personalidad cuenta con la consciencia como principal maestra y recurso. Recurso que no siempre es utilizado….y puede caer en desuso. En ese caso, la declinación de la personalidad sigue su inevitable camino de involución que termina complicando en mucho nuestro trato con los demás y con el mundo.

En cambio, podemos optar por desplegar nuestra conciencia y embellecer nuestra personalidad tanto como nos sea posible y ser así un gran vehículo de expresión de nuestra verdadera esencia interior. Tomemos como ejemplo una persona de naturaleza creativa a la que le gusta pintar y expresar sus emociones en obras. Si este ser de esencia imaginativa e inventiva ha podido ecualizar su personalidad y ha desarrollado rasgos equilibrados de orden, paciencia y perseverancia, seguramente podrá comenzar una obra, verla avanzar y terminarla sin dejarse atosigar por una secuencia desordenada y caótica de emociones una tras otras que hacen que empiece una cosa y luego otra sin poder hacer un uso constructivo de la creatividad como ese potencial único que vino a expresar.

La Personalidad como vehículo de nuestra esencia

Cuando el vehículo falla la esencia se queda a mitad de camino… sin expresarse por no hallar un adecuado canal, u olvidada tras los automatismos inconscientes de una personalidad que se ha apoderado del total de nuestra existencia y nos consume todas las energías tratando de convencer a los demás de que tenemos razón, que las cosas son así o son asa, que hasta altura de la vida no vamos a cambiar…

Desplegar consciencia es ante todo, estar dispuestos a mirarnos con ojos amorosos para conocer quiénes somos detrás de la cáscara de nuestro ego, detrás de la máscara de nuestra personalidad. Cuando comprendemos que no somos solo eso, podemos tomar distancia de lo que siempre hacemos y comenzar a combinar rasgos, a equilibrarlos, a madurarlos, a tamizarlos y llevarlos a un tono en donde el peor defecto pueda volverse virtud, a partir de la conciencia entrenada y ejercida que ilumina la personalidad, en donde antes había oscuridad, que pone sabiduría, en donde antes había ignorancia y torpeza a ciegas.

Buda escucho una vez a un maestro decir a su discípulo cuando intentaba afinar su instrumento de cuerda: “ni tan tenso porque se corta, ni tan flojo porque no suena…”.

Esta maravillosa y a la vez tan simple enseñanza se aplica con cada uno de los rasgos del instrumento más complejo del que todos disponemos y que es nuestra responsabilidad afinar: la personalidad.

Convertirnos en luthier de nosotros mismos requiere del oficio de conocernos y trabajar lo suficiente nuestro carácter para que la música que llevamos dentro puede expresarse… Es allí cuando nos auto-realizamos y es allí cuando le regalamos al mundo lo mejor de sí.

Cuando desplegamos nuestra conciencia ejercemos con eficiencia nuestra personalidad. La torpeza puede tornarse destreza y lo que antes era una carencia, puede transformarse en una habilidad integrada a una personalidad que cuanto más se completa, mejor se expresa.

A cada uno nos toca un instrumento, ninguno es mejor que otro. Sí es cierto que pueden sonar muy diferente pero eso no depende de su variedad sino de la entonación y afinación que ejerza quien hace sonar a través de él su más genuina melodía.

Tu personalidad puede sonar como aquella canción que todos querrán escuchar o aquel ruido perturbador que todos preferirán evitar. De vos depende ¿lo sabías?

¿Cuánto te esmeras en entrenar tu oficio como luthier de vos mismo?

Tu peor defecto puede ser tu mejor virtud

Psicóloga Corina Valdano

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