¿Eres una persona emocionalmente inmadura?

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Existe un proceso de madurez que no siempre acontece por sí solo, sino que es fruto de un trabajo personal que somos capaces de desarrollar, pero implica dejar atrás rasgos infantiles que nos resistimos a soltar.

La madurez emocional es un proceso arduo que trae como resultado autonomía, responsabilidad y afianzamiento de la propia identidad. Cualidades todas necesarias para transitar la vida con valentía y dignidad.
Cuando observamos comportamientos ajenos y nos sorprendemos de las reacciones de los demás, es porque seguramente la acción desmedida delata su inmadurez emocional. Esto es fácil de observar…. y fácil de juzgar, ¿verdad? La propuesta de este artículo es que te observes a vos mismo ya que juzgar a los demás forma parte de un rasgo más de tu inmadurez emocional…
El camino hacia la madurez emocional requiere “habitarse” y reconocerse como un ser diferente a los demás y no por eso sentirse “especial”. Supone la conquista de una soledad fértil, como un espacio de encuentro para dialogar con la propia interioridad. Ámbito sagrado para que acontezca la tan preciada madurez emocional.

¿Cómo se posiciona ante la vida una persona inteligente emocionalmente?

  • Las personas emocionalmente maduras se reconocen por su firmeza y su templanza. Tienen claro quiénes son, es por eso que no buscan constantemente confirmación. Tratan de vivir de acuerdo a sus valores y convicciones, no se rigen por las modas ni convenciones arbitrarias.
  • Son personas autónomas y asertivas. Resuelven sus problemas sin demorarse demasiado en disipar quejas ni buscar culpables fuera.
  • Establecen relaciones simétricas, basadas en la igual de derechos y responsabilidades. Respetan la autonomía y la libertad de los demás porque reconocen estas condiciones como valiosas para el despliegue personal. Esto supone ver a un “otro como tal” y no como una extensión de la propia personalidad.
  • No se dejan arrasar por el torbellino emocional. Saben reconocer sus emociones y gestionarlas con conciencia y racionalidad. Integran la razón y la emoción. Trascienden la dualidad, no son ni puramente emocionales, ni absolutamente racionales.
  • Tienen metas realistas que alcanzar y objetivos que lograr, se enfocan en su realización personal dejando a un lado la vana competitividad. No se comparan, avanzan y se superan constantemente a sí mismos.
  • Su autosuficiencia y valía personal no les impide compartir su vida. No son personas egoístas sino realistas y auto-centradas. En sus relaciones dan y reciben por igual, saben poner condiciones y flexibilizar sin desvirtuar.
  • Están dispuestos a cambiar y ampliar su personalidad. Aceptan críticas constructivas, escuchan ideas nuevas y flexibilizan sus creencias.

Todas esas condiciones describen a una persona con madurez emocional. Seguramente se preguntarán como llegar a semejante “ideal”. Pretender la perfección es una ilusión. Alcanza con marcar el norte y saber hacia dónde dirigirse cada vez que estén perdidos y caigan en la ceguera emocional que los lleva a actuar de modo infantil ante la más mínima frustración y el más fútil desencanto. Proponerse de una manera realista y compasiva, al menos comenzar a conquistar parte de este territorio emocional es el primer paso que va dando lugar a un proceso de crecimiento personal. Con paciencia y amorosidad casi sin advertirlo, estarán más cerca de la madurez que ansían tener, que de las torpezas que lleva a cometer la primitiva inmadurez.
Ahora ya saben qué actitudes y comportamientos emocionales alimentar para ampliar el bienestar emocional. De igual modo ayuda esclarecer qué comportamientos son precisos soltar y dejar atrás en este pasaje de niño a adulto emocional.

Rasgos destacados de inmadurez emocional

Una persona inmadura emocional, no reconoce su poder personal. Considera el mundo como un lugar peligroso del que debe resguardarse. Sus reacciones son exageradas y se sienten fácilmente atacadas.
Estas personas no han renunciado a los deseos de omnipotencia infantil, siguen pretendiendo que el mundo gire en torno de sí, y que la realidad se doblegue en función de lo que quieren. Desde esta supremacía ficticia se pelean con la vida y le exigen más de lo que están dispuestos a dar.
Reconocen sus reacciones impulsivas y exageradas, pero las justifican argumentando sus razones o depositando culpas alrededor. No conocen la autocrítica y se quedan a la espera de que alguien le resuelva sus problemas.
Cuando el bastón deja de estar, no queda otra que empezar a caminar…
Ser egoísta es sin dudar un rasgo de inmadurez emocional. Aprisionado en su propio “yo” no puede alzar la vista a su alrededor. No registra dolor ajeno ni necesidad que no coincida con su afán. Una persona inmadura emocional no es capaz de advertir el daño que puede ocasionar. No son malintencionados, son torpes. En muchos casos del otro lado hay alguien que sostiene estas escenas y les resuelve sus dilemas, por ejemplo, una pareja que asume el rol de madre o padre. Este tipo de vínculo asimétrico perpetúa lo inmaduro. Una toma de conciencia, un límite, o una ausencia puede dar lugar a ejercer algo de su autosuficiencia, resolviendo sus problemas por su cuenta. Verá de esta manera, crecer su autoestima y tendrá de a poco menos miedo a la vida de inexpertos en tratar con los demás.
Otra señal inequívoca de inmadurez emocional es la dificultad de dilatar el placer a cambio de una satisfacción mayor. Pues, requiere contener el impulso y ejercer la voluntad y el compromiso sostenido en una acción. La restricción, es saber decirse “no” a sí mismo, cuestión dificultosa en quien se ha entrenado en justificación y auto-indulgencia.

Cuando comprende que comprometerse no es una limitación a su libertad sino una condición de proyectar, una persona inmadura emocional asciende unos cuantos escalones en su camino hacia la sensatez y la lucidez.

Embriagados en la dulce irresponsabilidad, buscan siempre a alguien a quien culpar. Saber pedir perdón no es una opción, prefieren dejar pasar y evadirse de toda dificultad.
La impulsividad es su marca registrada, no solo en su accionar hacia los demás sino en la irresponsabilidad en cuanto al manejo del dinero. Con el fin de satisfacer sus deseos malgastan sus recursos con negligencia. No tienen plan de contingencia ante las emergencias, desde su omnipotencia infantil restan importancia a cualquier amenaza. Siempre habrá un salvador que repare lo que él no advirtió.

Es preciso reconocer que estos rasgos de inmadurez no se sostienen por decisión conciente de quien los ejerce. Obedecen a cuestiones de crianza o experiencias traumáticas que han imposibilitado las sucesivas etapas de evolución. Quien conoce la libertad personal, no vuelve atrás. Es por eso que detrás de esta personalidad hay más miedo que comodidad. Aunque muchas veces la comodidad genera el ensueño de “dejarse estar” en un tiempo infantil muy poco propicio para conseguir una vida plena, autosuficiente y feliz.
Si se han reconocido como persona emocionalmente inmadura, tienen varios motivos para dejar de serlo. Afrontar los miedos es el primer paso para reconocer los propios recursos internos que solo necesitan madurar en un contexto de superación personal y soltar las amarras que más que seguridad, aprisionan el propio despliegue y la conciencia de libertad.

Ps. Corina Valdano
corina.valdano@gmail.com
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