En una despensa antigua, iluminada apenas por la luz temblorosa que se filtraba entre las tablas del techo, dos pequeños ratones exploraban con cautela en busca de alimento. El lugar estaba lleno de aromas intensos y promesas de banquetes escondidos. Sin embargo, su curiosidad los llevó a cometer un error fatal. Sin darse cuenta, ambos resbalaron y cayeron dentro de un jarro profundo, colmado hasta el borde con leche fresca.
El impacto fue suave, pero la sorpresa fue inmediata. Intentaron trepar por las paredes del recipiente, pero el borde era demasiado alto y liso. No había grietas, no había salientes. Comprendieron rápidamente que estaban atrapados. La única opción para mantenerse con vida era nadar. Así comenzó una lucha desesperada contra el cansancio y el miedo.
Al principio, ambos ratones se animaban mutuamente. Movían sus patitas con rapidez, chapoteando sin cesar, convencidos de que en cualquier momento alguien los rescataría o encontrarían una forma de escapar. Sin embargo, el tiempo pasaba lentamente. Una hora, luego otra. Los músculos les ardían y la leche parecía volverse más pesada a cada instante.
Uno de los ratones, agotado física y emocionalmente, comenzó a perder la esperanza. Sus movimientos se volvieron lentos, torpes. Pensó que luchar ya no tenía sentido, que el destino estaba sellado. Finalmente, dejó de nadar. Su pequeño cuerpo se hundió en silencio, y el jarro quedó más vacío que antes, no solo de fuerza, sino también de compañía.
El ratón que quedó solo sintió un profundo miedo. Estaba igual de cansado, tal vez más. Sus patas temblaban, y su respiración era agitada. Varias veces pensó en rendirse, en dejarse llevar como su compañero. Pero algo dentro de él se negaba a aceptar ese final. Siguió nadando. Una y otra vez. Sin pausa. Sin descanso.
Cuando ya casi no sentía su cuerpo, ocurrió algo inesperado. La leche, agitada durante tanto tiempo, comenzó a espesarse. El ratón notó una resistencia distinta bajo sus patas. Poco a poco, la superficie se volvió más firme hasta transformarse en mantequilla. Con el último resto de energía, se apoyó sobre esa base sólida, reunió fuerzas y dio un gran salto. Logró superar el borde del jarro y cayó libre al suelo.
Desde allí, tembloroso pero vivo, comprendió la lección: el esfuerzo constante, incluso en la desesperación, puede transformar el entorno. A veces, persistir no solo cambia el resultado, sino también el camino mismo hacia la salvación.




